27/1/08

NIEBLA Y DISTANCIA

La colisión en cadena que la niebla originó esta semana en la A-42 (Madrid-Toledo), hizo que varias televisiones se ocupasen del tema aportando, de paso, autorizados consejos. Y yo no quiero ser menos.

Tal como están los tiempos, con los telediarios disputándose la audiencia —y por ende, la publicidad—, recurrir al sensacionalismo es cada vez más habitual, así que a los accidentes de tráfico en general, y especialmente a los múltiples, con vehículos cabalgados y empotrados, airbags flácidos y salpicaduras sanguinolentas, les sobra atractivo para otorgarles máxima relevancia informativa. Lo encuentro lamentable, pero es así; ¡qué se le va a hacer!

También habitual es complementar esas informaciones echando mano de algún autorizado opinador que aconseje con mayor o menor acierto, porque, claro, no hay nada como un trabajo completito y bien hecho.

Pues bien, no voy a dar nombres (en realidad, eso carece de importancia), pero de entre las perlas que oí en diversas emisoras, dos me llamaron la atención especialmente. Una la soltó la locutora de turno diciendo —más o menos— que "con niebla hay que usar las luces antiniebla, aunque si es poco espesa no hace falta encender las traseras". Sí señora, muy bien, un consejo claro y conciso, como debe de ser; ¡para qué extenderse en consideraciones menores!

Y la otra la largó un experto que dijo: "Con niebla, lo que hay que hacer es duplicar la distancia de seguridad". Así de rotundo; nada de vaguedades como adecuarla a las circunstancias o aumentarla un poco, bastante, mucho… o lo necesario. ¡Qué va, lo chachi es "duplicarla"!

Claro, en el primer caso, comprendo que un busto parlante cuya misión es leer textos que le ponen delante, no tiene por qué entender de todo (ni siquiera tiene por qué entender lo que lee, aunque no estaría de más), pero al redactor sí cabe exigirle que entienda o se informe acerca de lo que escribe, e incluso que piense un poco antes de empezar a juntar letras. Ah, y por experiencia periodística sé cuán benéfica es una supervisión de las noticias previa a su difusión.

De haberlo hecho así, alguien se habría percatado de que por las características de su haz (bajo, ancho y corto), el alumbrado antiniebla frontal —bien regulado, por supuesto— nunca deslumbra. Ni con niebla ni sin ella, ni de día ni de noche, ni a quien circula delante ni a quien lo hace en sentido contrario. Luego, aun usado sin necesidad, no origina molestias ni peligros.

En cambio, la intensidad y forma de propagación del posterior hacen que con niebla insuficiente para que la refracción lo difumine, pueda resultarle desde molesto (de día) hasta muy deslumbrante (de noche) a quien circule detrás.

Por eso, y porque el delantero es para ver, mientras que el trasero es para ser visto, creo que como el uso discrecional del primero —al margen de normas no siempre inmejorables— resulta inocuo, allá cada cual (por ejemplo, en noches rasas es una gran ayuda cunetera en curvas, al menos hasta que se generalicen los faros orientables), pero el del segundo exige sensatez.

Consecuentemente, hay que evaluar no ya la cantidad o calidad de la niebla, sino la visibilidad disponible, pues en eso intervienen otros factores como que haga sol o no, que sea de día o de noche, que el asfalto esté húmedo y otros vehículos salpiquen, etc. Y en este punto enlazo con el consejo del experto.

Por definición, distancia de seguridad es la que permite parar sin incidencias, luego con visibilidad plena, como la vista alcanza más allá del punto de posible parada, sólo depende de la velocidad a la que se circula (digo que sólo depende de eso porque condicionantes como la adherencia, la potencia de frenado o los reflejos del conductor van implícitos en el proceso de detención).

Sin embargo, cuando algo (niebla, lluvia, nieve, humo…) limita el alcance de la visión, la máxima distancia de seguridad posible es precisamente ese alcance, pues más allá no sabemos qué hay. Por eso me quedé con ganas de que el experto testicular explicase cómo coño se hace para duplicarla: ¿con radar, láser, sensores térmicos de infrarrojos... u ojitos con rayos X, como Superman? ¡Lástima que no lo aclarase!

Bromas aparte, en esos casos, como la posible distancia de seguridad está limitada, lo correcto es adecuar la velocidad a que podamos parar dentro del campo visual disponible. Vamos, que la distancia de seguridad se determina de manera inversa según sea con visibilidad plena o limitada: en el primer caso, la distancia depende de la velocidad, y en el segundo, la velocidad depende de la distancia.

De ahí la importancia de los antiniebla traseros para la seguridad, pues como su fulgor se percibe cuando aún están fuera del alcance visual nítido, dan un margen adicional de seguridad. Eso sí —esto es para los más lixtos—, desaconsejo tomar la distancia a la que se perciben los pilotos antiniebla como referencia para determinar la velocidad. Se puede hacer, claro, y parece un truco muy hábil, pero si de pronto encontramos a alguien sin ese alumbrado (porque se le ha fundido, ha olvidado encenderlo… o animado por la locutora, lo estima innecesario), puede ser inevitable sufrir un accidente o provocarlo detrás de nosotros.

Resumiendo: En cuanto nuestra visibilidad sea más corta que la distancia de seguridad propia de unas condiciones normales, ¡alumbrado antiniebla trasero encendido —para que se nos vea lo mejor posible— y reducción de la velocidad hasta que el alcance visual disponible se convierta en distancia de seguridad!

Y en cuanto a los medios de comunicación y los opinadores, por favor, un poco de responsabilidad, que sus comentarios y consejos llegan a muchísimas personas no siempre preparadas para saber distinguir los acertados y los no tanto.

Ah, por último, algo que no oí en ninguna emisora, pese a ser tanto más fundamental cuanto más reducida es la visibilidad: ¡Jamás te detengas en la calzada! De hecho, hasta hacerlo en el arcén es peligroso.

21/1/08

ESTOY DESCONCERTADO

¿Nos estará ocultando algo la DGT acerca de los accidentes…?

Lo confieso: estoy desconcertado… y preocupado. Yo, que siempre he tenido fe ciega en la DGT, en sus pompas y en sus obras (como se decía de Satanás en clase de religión), de pronto he caído en la cuenta de que quizá no esté contándonos todo sobre los accidentes. Y aunque sé que si ocultase algo, sería —siguiendo su prudente conducta habitual— por no alarmarnos más de lo imprescindible…, estoy a punto de apostatar.

Me explicaré: he notado que al informar sobre accidentes que suelen considerarse especialmente noticiables —como los provocados por autocares o los sufridos por ellos sin implicación de terceros—, en los que el conductor fallece o no puede hablar temporalmente, a veces se facilitan datos así: "El conductor, profesional experto con historial intachable, no había consumido alcohol ni psicotrópicos; las condiciones circulatorias eran normales; el vehículo tenía al corriente sus revisiones obligatorias, y el tacógrafo revela que en el momento del accidente no rebasaba la velocidad permitida, así que por ahora se desconocen las causas del accidente".

Y ahí empieza mi desconcierto, porque si el accidente no es imputable a la velocidad ni a las condiciones meteorológicas ni a una merma de las facultades del conductor…, ¿a qué se debió? Y tras mucho pensar, me digo: Claro, esto debe ser un ejemplo de accidente provocado —o incluso buscado— por la irresponsabilidad, inconsciencia o distracción de alguien que no hizo caso de todos esos consejos que forman la brillante línea campañera "Hay muchas razones para que no te mates; elige la tuya", "Hazlo por lo que más quieras, pero no te mates", etc.

Y así me tranquilizo, aunque me queda una duda cruel: ¿Habrá otras posibles causas de accidentes —¡¿los habrá incluso imprevisibles…?!— y nosotros, pobres ignorantes, estamos yendo por ahí felices y despreocupados, huérfanos de la protección que nos aportaría una adecuada campañita degetiana?

Además, eso no es todo. También he reparado en que cuando la televisión divulga imágenes de algún automóvil cazado a más de 200 Km/h, a menudo añaden: "Y lo peor es que este vehículo ha sido detectado repetidas veces en el mismo sitio a velocidad similar".

Y, claro, eso ya no puedo admitirlo, así que ante tamaño embate, el único puntal que hallo para afirmar mi fe es pensar: Debe de ser un fallo de radar o una noticia falsa y tendenciosa, urdida para boicotear la labor didáctico-preventiva de la DGT y minar su credibilidad, porque, ¿cómo va a circular alguien a más de 200 repetidas veces, si la velocidad es la madre de todos los males y —según el dire de la DGT— "a 150 no hay quien se salve" (aunque, desgraciadamente, está demostrado que en su caso no es cierto). ¡Pues eso! ¿O será que en vez de referirse a que nadie se salva… de la parca, se refiere a que nadie se libra de la multa?

En realidad, ni lo sé ni me importa… demasiado. Lo que de verdad me importa, me desconcierta y me preocupa es que si hubiese posibles causas de accidentes que la DGT desconoce, no reconoce o no nos cuenta, y la velocidad no fuese fatal en sí misma, no tendría más remedio que pensar que al menos a veces, su proceder denota ignorancia o mala fe. Y si llegase a esa conclusión, lo dicho: apostataría.

Total: entre sospechas y certidumbres, duermo a duras penas y casi no me atrevo a salir de casa. ¡Qué angustioso es esto del tráfico!

7/1/08

¡ENHORABUENA, DGT, Y GRACIAS!

Concluido 2007, la DGT presentó su balance anual y —como no me duelen prendas— quiero darle la enhorabuena… y las gracias. ¡Hala, que no se diga que sólo me gusta criticar!

Empezaré por la enhorabuena. Para mí, hace tiempo que la DGT se esfuerza en dar la impresión de que su principal y casi único objetivo —muy plausible, por cierto— es lograr que nos matemos menos, y para conseguirlo sigue dos líneas de actuación: una blanda (pedir que así lo procuremos) y otra dura (acosar y amedrentar a los conductores para estimularnos a hacerlo).

En cuanto al objetivo, sea porque ha habido más suerte, porque nos hemos esmerado más, porque hemos sido muy bienmandados, porque empezó a notarse cierta crisis y nos movimos algo menos... o por una feliz combinación de todo ello, el hecho es que el descenso del número de fallecidos en 2007 fue notable, luego si nos fijamos exclusivamente en el dato, lo dicho: ¡enhorabuena, DGT!

Y respecto a las líneas de actuación, la blanda ha consistido en bombardearnos con campañas mediáticas, y la dura..., veamos: A los conductores se nos hurta por completo —y por ley— la presunción de inocencia; se nos vigila incluso mediante procedimientos que en cualquier otro ámbito de la vida se considerarían inadmisibles violaciones del derecho al anonimato y a la intimidad; llegado el caso, se nos exige ser delatores; aduciendo que el mal comportamiento de unos pocos obliga a ello, se dictan normas generales cada vez más restrictivas y difícilmente justificables; se aprueban sanciones draconianas..., y aunque podría alargar la lista de logros, creo que con eso basta para volver a felicitar a la DGT e incluso para que pueda exclamar: ¡misión cumplida!

Por lo tanto, vista así, la cosa es como para que los protagonistas del artículo "SONRISAS Y LÁGRIMAS" que publiqué el 13/12/07, se sientan satisfechos. Sin embargo, no impide que algunos maniáticos impertinentes y aguafiestas sigamos obstinados, por ejemplo, en que lo realmente indicativo es el número de accidentes e incidencias, pues el de víctimas y su gravedad —más de una vez lo he destacado— depende, entre otras, de concausas tan aleatorias como la ocupación de los vehículos implicados, la rapidez y eficacia de las asistencias, e incluso el azar. Pero, claro, lo bueno de los datos es que se pueden interpretar según convenga.

Además, a esos recalcitrantes también nos da por tener serias dudas acerca del alcance, eficacia y finalidad de las campañitas mediáticas (en un próximo artículo razonaré lo que creo que son en realidad y por qué creo que se hacen), y eso sin hablar de infraestructuras ni de ciertas convicciones que tenemos, como que para la seguridad, educar sería mejor que castigar, y que más valdría evitar que los malos conductores consiguiesen el permiso de conducir, que limitarse a retirar temporalmente de la circulación sólo a los pocos malos conductores que se detectan.

Por último, puestos a objetar, los más contumaces llegamos al extremo de proclamar que con nosotros, el éxito de la línea dura es relativo, pues en mi caso —el que mejor conozco…—, me siento acosado (mucho) y asqueado (muchísimo), pero en absoluto amedrentado.

Ahora paso al agradecimiento. Confieso que lo mío con la conducción fue auténtica dependencia. Al ver el anuncio de BMW que preguntaba "¿Te gusta conducir?", yo exclamaba: "¡Sí, sí, muchísimo!". No pasaba día sin conducir… y además, bastante. La menor disculpa era suficiente, y si no había ninguna, lo hacía porque sí, por el placer que me reportaba. Ah, y aunque sabía disfrutar con cualquier cosa que tuviese motor y ruedas, elegía mis vehículos por sus prestaciones.

Pero eso era cuando se podía conducir bien, y con esa expresión me refiero a cuando conducir bien era hacerlo con sensatez y sentido común, concentrado y atendiendo a lo que es debido —¡la circulación!—, en vez de hacerlo obsesionado por descubrir radares-trampa y no transgredir normas que, como mínimo, me parecen arbitrarias.

Luego, durante una etapa en la que parodiaba el anuncio diciendo: "Si te gusta conducir, ¿para qué quieres un BMW…?", acepté que los cochazos están bien para que al publicar sus pruebas se facilitase como dato importante el "coeficiente de frustración" que puede proporcionar su uso legal, y para que personalidades y altos cargos se pasen las limitaciones por el forro… del embrague, pero como no encontraba ni encuentro placer alguno en dejarme llevar por un automóvil sobradísimo, teniendo como principal misión controlar sus posibles excesos, busqué consuelo en vehículos cuyo limitado potencial hacía que conducirlos bien no sólo fuese posible y satisfactorio, sino necesario para mantener un ritmo adecuado.

Y últimamente, al recordar el anuncio, pienso: "Sé que me gustaba, pero ya no estoy seguro, pues rara vez tengo ocasión de comprobarlo". Ahora paso días y días sin conducir; de hecho, procuro hacerlo lo menos posible, y pensar en un viaje largo basta para ponerme de mala leche. Como consecuencia, supongo que estoy perdiendo facultades, lo que debería preocuparme desde el punto de vista de la seguridad, pero como el que evita la ocasión, evita el peligro, y paso mucho menos rato conduciendo, pues lo uno se compensa con lo otro.

Por supuesto, ese degradante proceso empezó resultándome cabreante y frustrante, pero con el tiempo asumí que era inexorable… y ya hasta disfruto, sobre todo calculando lo que ahorro en coches, seguros, impuestos, combustible e incluso reparaciones (por ejemplo, siempre bautizo mis vehículos procurando asignarles nombres adecuados, y tengo un Córdoba TDI al que no en vano llamo "Cabrón", que desde hace más de dos años se le sale la 5ª. Antaño, eso me habría supuesto un serio disgusto y una abultada factura, pero hogaño ni me planteo repararlo porque, ¿qué falta me hace…?). Ah, y para colmo, tengo la satisfacción de contaminar poquito. ¿Se puede pedir más?

Resumiendo: No puedo felicitar a la DGT por lo que me ha hecho —o quizá fuera más exacto decir por lo que ha hecho de mí—, pero al menos en lo económico, puedo y debo darle las gracias. Sí señor, ¡y muchas!

EPILOGO: ¡En fin, Pilarín, se acabó 2007! En cierta medida, que 2008 sea más o menos feliz depende de nosotros, pues al ser año de elecciones, habrá un momento para decidir... y cuatro años —o incluso toda la vida— para arrepentirse, así que, por favor, piensa bien lo que haces.