6/2/08

¿EL PORQUÉ DE LAS CAMPAÑITAS...?

En "DGT = ¿DIRECCIÓN GENERAL DE QUÉ…?" y en "¡ENHORABUENA, DGT, Y GRACIAS!" (publicados el 08/08/07 y el 07/01/08), prometí explicar qué pienso de las campañitas degetianas y por qué creo que se hacen. Pues bien, voy a ello: Temo que sean una artería fidelizante con pretensiones intoxicadoras y electoralistas.

En principio, las campañas televisivas de la DGT me parecían simplemente vanas (al cometer un error conduciendo, lo normal es no ir viendo la tele… ni recordando obsesivamente lo visto en ella; ¡digo yo!), estúpidas (nadie normal y consciente se perjudica adrede a sí mismo) y ofensivas (se nos toma por tontos ineducados).

Por ejemplo, creo que los "No podemos conducir por ti", "Elige tu razón…", "Esto es…" y similares, que siempre atribuyen los accidentes a conductas incorrectas de los implicados y nunca a causas imprevisibles o a deficiencias infraestructurales, son primorosos alardes de pedantería y tendenciosidad. Y empezar 2008 dándonos las gracias porque "con el cinturón abrochado, sin alcohol al volante y yendo más despacio", nos hemos matado menos en 2007, me pareció el colmo. Sea poco o mucho, ¿es que nadie en la DGT se da cuenta de que ese dinero podría destinarse a mejorar dotaciones e infraestructuras, que falta hace…?

Luego, cuando se añadió la firma "Gobierno de España" (en adelante, GdE) y la proliferación de otras campañas mediáticas gubernamentales me hizo reparar en su frecuencia y contenidos, pensé: ¿Por qué y para qué las harán…? ¡Con lo que un gobierno progresista, solidario, comprometido con el ecologismo, la sostenibilidad, el cerosietismo, el oenegeísmo y todo eso, podría hacer con tanta pasta dilapidada!

Y como soy malpensado… quizá me equivoque —es más, ¡ojalá!—, pero durante una sesión de control al Gobierno en el Congreso (creo que la última de 2007) vi que no sólo yo he reparado en el abuso y posible mal uso que el GdE hace de las campañitas de marras, pues El tridente del PP que forman Rajoy, Zaplana y Acebes (por cierto, tridente de dientes bien romos comparado con algunas lenguas serpentinas a las que se enfrentan), preguntó repetidamente por ellas al Ejecutivo (y no fueron los únicos…), alegando que les parecían una carísima propaganda gubernativa.

Como tantas otras veces, los interpelados usaron los turnos de respuesta para garbearse por los cerros de Ubeda, hasta que aquel diálogo de sordos lo zanjó una mujer que por su valor dando la cara cuando sus coleguis consideran que las circunstancias aconsejan transparentarse, y por su esmerado vestir, hace tiempo que me inspiró dos motes —"Los cojones del Gobierno" y "Zampamarrones"— y una adaptación del cuplé "La chica del 17". Por cierto, ¿lo conoces...? Pues prueba a cantarlo con esta letra:

La vice del Gabinete
gasta zapatos de tafilete,
sombreros de alto copete,
y abrigos de petigrís.

Los guantes de cabritilla,
medias de seda con espiguilla,
¡y viste la chiquilla,
que ni en París!

Algunas señorías,
se empiezan a mosquear,
y al verla tan compuesta,
murmuran al pasar:

¿Dónde se mete,
la vice del Gabinete?
¿De dónde saca
pa tanto como destaca?
Pero ella dice,
al verlos en ese plan:
¡El que quiera coger peces
que se acuerde del refrán!

La vice del Gabinete
nunca repite sus modeletes,
y tiene con sus toilettes,
revuelta a la vecindad.

La gente ya la critica
pues hace tiempo que no se explica,
¡a dónde va la chica,
tan bien plantá!

Por eso a más de uno,
le da por murmurar,
y al verla tan compuesta,
se paran a pensar:

¿Dónde se mete,
la vice del Gabinete?
¿De dónde saca,
pa tanto como destaca?
Pero ella dice,
al verlos en ese plan:
¡El que quiera coger peces
que se moje el tralará!

¿Sabes quién digo, verdad…? Pues ella, harta de tanta matraca, puntualizó que eso (las campañitas) "no… es… publicidad… sino… in-for-ma-ción". Y lo mintió —¡huy, perdón!— lo dijo como suele: con aplomo, pausando tras cada palabra y silabeando alguna, según dicta esa moda cada vez más extendida entre políticos, locutores, tertulianos y adalides inintelectuales.

Luego, como diciendo "He estado bien, ¿eh…?", miró con indisimulado embeleso al compa sentado a su derecha, ese cuya especialidaz es hablar engolada e hiperesdrújulamente alternando gestos adustos y sonrisas hueras, altos los hombros, prietas las axilas, firme la mirada y recio el ademán, mientras oscila la testa cual los perritos que adornaban la bandeja posterior de los coches hace años (¿a que también sabes a quién me refiero…?). Y con eso se dio por oficialmente concluido el tema, mientras los preguntones se quedaban como de costumbre: sonrientes y aparentando tomárselo a chufla…, pero sin explicación ni rebatimiento.

Ante eso, pensé: Vaya, vaya, así que mensajitos como "Despierta, desayuna", "No te descuides: evita accidentes (domésticos), por lo que más quieras", "Si pescamos mucho, se acabará la pesca; si abusamos de los antibióticos, no harán efecto" o "Ahorra energía" (con actores invitándonos a estar en casa bien arropados o con el aire acondionado templadillo, como corresponde a un estado del bienestar), son informativos… ¡Qué cosas!

Y perlas como incitar a la ludopatía anunciando "Loterías y Apuestas del Estado" o promocionar el AVE diciendo "Ya no importa la distancia que hay entre dos puntos, sino el tiempo que tardas en recorrerla" (¿qué opinarán quienes ven que sus impuestos sufragan anuncios competidores?), ¿también son informativas…? Pues yo lo dudo, y aunque me resigno democráticamente a que el GdE haga de mi capa un sayo, me gustaría que fuese consciente de que no siempre actúa sólo para sus votantes, y que tuviese la delicadeza de no tomarme por gilipollas una y mil veces de forma implícita.

Por otra parte, desde unas semanas antes de ese episodio parlamentario, venía yo notando —sin proponérmelo ni poder evitarlo— que al conectar ciertas emisoras de radio y televisión, el bombardeo de anuncios acabados en "Gobierno de España" (dicho con una untuosidad que me resulta entre impúdica y repugnante, según casos) frisaba el 50% de cada bloque publicitario (Ultimamente han aflojado un poco, pero temo que antes de las elecciones arreciarán de nuevo).

Con esa agobiante sensación, analicé el asunto y observé que según fuera la línea habitual de cada emisora, desde afín hasta crítica con el GdE, las campañitas eran desde masivas hasta inexistentes, curioso detalle que atribuí al azar, claro, pues tratándose de mensajes informativos, sería indecente que no se asignasen siguiendo exclusivamente criterios de equidad e interés público, ¿o no...?

Para entonces, a mi certeza ya le faltaba poquísimo para ser absoluta, y ese poquísimo lo ha aportado de sobra una creciente oleada de nuevas campañitas tan muy informativas y nada publicitarias como las otras: las del abanico institucional que abarca desde ayuntamientos hasta gobiernos autonómicos.

Pues bien, por todo ello y porque creo que para informar hay un sistema más barato y directo que las campañas mediáticas, llamado Correos —al que no encuentro otros posibles inconvenientes que resultar menos vistoso y que como es Sociedad Anónima Estatal, todo queda en casa, en vez de financiar a terceros—, no me quito de la mente la malosa sospecha de que quizá a alguna lumbrera se le hubiese ocurrido el siguiente razonamiento:

  1. Los medios de comunicación privados tienen en la publicidad su principal fuente de ingresos, rinden cuentas a sus accionistas, y en muchos casos, tras el ejercicio 2007 y lo que va del 2008, sus hornos no están para bollos.
  2. ¿Cuántos —en su sano juicio— maltratarían o renunciarían voluntaria e innecesariamente a un gran anunciante?
  3. Inyectando dinero selectivo en el mercado publicitario, se podría premiar a los adictos, fidelizar a los tibios… y castigar a los díscolos.
  4. Y si se lograse eso, ¿no cabría esperar benignidad en las posibles críticas y cierta permisividad ante posibles argucias intoxicadoras y electoralistas?

Dicho de otro modo, la asignación de campañas institucionales podría ser una sutil versión moderna del antiguo racionamiento del papel a los periódicos que no se lo merecían, y con eso no pongo en duda la ética de los medios de comunicación independientes, pues no es igual ser tentador que tentado. Simplemente, temo que alguien del GdE o de su entorno se haya hecho ese planteamiento, porque sería una abyección repugnante.

Total, que entre unas cosas y otras, he llegado a la conclusión expuesta al principio: Temo que las campañas degetianas —y, en general, las del GdE— sean una artería fidelizante con pretensiones intoxicadoras y electoralistas.

No obstante, sólo es mi parecer, quizá errado y sin duda condicionado porque soy receloso y tengo ya cierta edad. Tal vez por eso pienso tan mal de las campañitas, como pienso —por poner otros ejemplos— que el "Canon digital" y la nueva "Ley del cine" son pagos por el "No a la guerra", o que los subsidios para evitar la deserción estudiantil y facilitar la emancipación de los jóvenes, también son arterías captavotos, porque si de verdad se buscase el progreso social, se fomentaría un mercado laboral que les permitiera vivir digna e independientemente. Claro que mientras llega eso, pueden dedicarse a la política, pues múltiples ejemplos demuestran que pocas actividades mejoran la relación valía-preparación-esfuerzo-retribución que es posible lograr en ella.

¡Qué le voy a hacer si soy tan malpensado!